Cuando la modernidad hace una tabula raza y rompe con el pasado, en un ablande asexuado y neutro de un lenguaje policíaco que padece insuficiencia social, se olvida que todo análisis cultural, siempre implica, una teoría soterrada de una periodización histórica. Todo para no ser vencido por la realidad que se vive como conventillo hispánico, corralones rancheríos y el caserío como intersticio. Todo sirve a la ciencia de los científicos pobres. ¡Vamos a volver todo un recurso! Dale con encajarnos en la modernidad. Dale con encajarnos en la posmodernidad.
Toda teoría es vulnerable ante la diseminación del inglés como un enunciar desde más de un lugar, para ellos nosotros somos choledad torrante chantako tinoco: la choledad como poética emergente. El autoexilio como la colonización del lenguaje y la pacificación del pueblo; al pacificar al otro me tengo que volver pacífico, al ocultar al otro nos ocultamos a nosotros como un exilio interno lleno de patologías, enfermedad y muerte, pero también de sueños.
Pasado, presente y futuro de la frase; pasado, presente y futuro de la experiencia; la biografía como ensayo de nuestra vida síquica en un mirador. A lo lejos, los tesoros que la rabia esparce, adula y reconviene tienen que ver con las muchas preguntas que se divierten, con las pocas que se cierran o tienen que ver con las respuestas y por ahí, con lo que busca una pieza azotada por la lluvia y con la perfección que muere de rodillas ante el agua y sus múltiples caminos.
martes, 19 de julio de 2011
Amor no correspondido
Mi primer amor no correspondido, en un colegio público de monjas, escena de rechazo que jamás me abandonaría, quizás....eso me alejaría de las mujeres definitivamente, le ofrecí ese ramo amarillo de manzanillas, que quebró la simetría de los bancos cafés y uniformes, la primera que amé fue una mujer, solo su nombre me traía aires exóticos y claro sus ojos, mucho tiempo después lo sabría…eran de lince. Y se correspondían con ella, mi compañera de curso, de primer año básico, era igual de hermosa y difícil de ver. Ocurrió después de ir a buscar manzanillas al patio de aquel colegio, ya no me acuerdo que había pasado, pero el rechazo de mi compañera, que hace días no me hablaba, no me dejaba disfrutar de aquellos últimos días de verano. No sé por qué decidí, delante del curso, pedirle perdón…por todo hasta lograr que ella, el ángel de la nada que custodiaba mis días grises me perdonara y decidiera salvarme. Le ofrecí lo único que encontré en ese colegio: un bello ramo de manzanillas, pero no lo recibió, me dejó abandonada para siempre, tendida las flores, mis brazos, mis manos, mi cuerpo y de pronto todo me sobró…. se evaporó la sala de clases, la monja rectilínea y solo vi esa figura blanca, con ojos verdes, con manos de empanadita, tan distinta a mí, en mi choledad reconcentrada, me sentí pequeña y débil, al borde de todas mis dependencias. Mi compañera se alejó y con ella se fue mi infancia “curucha” detrás.
9 de marzo
Esbozo mi vida cual moralidad de la emergencia, quizás la memoria empiece por las fotos. Fotos que sacó nuestra madre para que recordemos nuestro cuerpo de niños y así nos acercáramos a ella y viéramos de donde salimos (¿por qué el origen siempre es un “ella” que estrangula como cordón umbilical?). Dicha foto estaba permanentemente en la mesa de centro, creció conmigo, configuró un espacio. Una gordita de 9 meses, con manitos de empanada, ojos negros, pelo rizado, cara redonda. No podía sentarme sola, por eso mi mamá siempre explicaba que la mano que se dejaba entrever en la foto era de ella y que tenía escondido el resto del cuerpo para sujetar a ese otro que no tenía consistencia....
Se ve contenta, sus ojazos transmitían esa sensación de tener todo el tiempo y a la vez no necesitar nada. Era una guagua grande, que seguro ya había devorado la leche de su progenitora y que había sido cambiada debidamente de pañales (seguramente de tela, ya que en ese tiempo no se usaban los desechables y si se hubieran usado, seguro eran muy caros para una familia de clase media, tirando a baja como la mía).
Esa guagua, la de la foto, que en nada se parece a mí, nació en un momento nada parecido al momento que se tomó esa foto. Nació apresuradamente, sorprendiendo a sus hermanos que eran tres (dos mujeres y un hombre). Era la menor, el conchito, la hija nacida de un descuido al perder su madre a los 40 años, el anticonceptivo con el que ejercía su derecho a la maternidad voluntaria (dicen que era un disco, llamado Ramses, que la mujer debía aplicarse antes de tener relaciones, siempre he reflexionado sobre lo adelantada que estaba mi mamá).
Decía que la de la foto nació apresuradamente. En esa tarde la progenitora le dolía el estómago y su esposo le dio una agua de ruda para calmarla, pero eso le apuró el parto y esa niña nació en la misma casa y en la misma cama donde fue concebida (me perdonan, pero no creo que mis padres hayan sido tan ingeniosos como para buscar otro lugar donde concebirme, pero nunca uno sabe). Cuentan que todos mis hermanos estaban nerviosos y se asomaban a la habitación y que la mayor tomó la bicicleta y fue a llamar a la ambulancia cuadras abajo. Claro, la ambulancia no llegó a tiempo, vivíamos en el paradero 18 ½ de un cerro del puerto, la última casa “barro humano arriba”.
La comadrona que atendió a la progenitora era su vecina, la comadre, mi nina, mi madrina, en realidad mi hada madrina. Ese bebé que ella recibía tenía algo distinto a la foto antes mencionada, porque venía con el cordón umbilical enrollado al cuello, con claros síntomas de asfixia: rostro amoratado y sufriente. Claro, esas fotos no se sacan. Y sin embargo, me parece estar viéndola o viéndome. Una cara de guagua afligida. Muchas veces pensé que me habían contado eso, como me contaron que me habían encontrado en el tarro de la basura y yo iba a ver el tarro y no parecía un lugar agradable de donde pudiera salir un ser humano. Entonces sabía que era mentira, pero siempre guardaba la duda, porque me servía para jugar con la imaginación.
Como tantas cosas que nos cuentan los adultos son mentiras, pensé que lo del cordón umbilical estrangulándome también lo era. La niña en un mundo de adultos, comprende rápidamente que ese mundo tiene un juego perverso, pero motivador, perseguirlo para asustarlo, esperar la reacción y reírse. Reírse de la inocencia, pero perrita, decía papá - como le hace caso, ve que sólo están jugando-. Mis padres me decían perrita, mi papá agregaba a ese diminutivo “choca coludita”. Al parecer cuando gateaba chocaba con todo y era coluda desde chica. Los diminutivos me dieron un contexto social sin saberlo. Siempre pienso que me nombraban, yo meneaba la cola, orgullosa porque me prestaban atención y, por lo tanto, ratificaba que me querían (en la infancia, atención y cariño son lo mismo, quizás no sólo en la infancia).
Sigo sintiéndome así “una niña en un mundo de adultos”, claro el juego se ha complicado, pero todavía no me destruye, todavía me motiva para inventarme el día. Decía que pensé que lo del cordón era mentira, pero mi madrina años más tarde me lo corroboraría. Al parecer quería y no quería desprenderme de mi madre o ella de mí, pero nací a su pesar o el mío. Nací sana, pero llorona y rabiosa. Bueno, no era para menos, justo cuando uno más quiere vivir se interpone una soga.
En fin, heredé asfixia y ojos tristes de ese suceso, una infancia donde nada falta, pero nada sobra, siendo pobre sin síndrome de pobre, sin esa ansiedad de coleccionar objetos, símbolo de la estrechez durante la infancia. Quizás porque nos sentábamos a tomar té con los pies colgando en las alturas, desde la higuera, desde los techos mirando el mar: triángulo lejano entre los cerros, pero sin té de naranjas, de flores, mango o frutilla, menos con té de pétalos de rosa. Nuestro té era sólo eso: té club o supremo para compartir la bolsita.
Se ve contenta, sus ojazos transmitían esa sensación de tener todo el tiempo y a la vez no necesitar nada. Era una guagua grande, que seguro ya había devorado la leche de su progenitora y que había sido cambiada debidamente de pañales (seguramente de tela, ya que en ese tiempo no se usaban los desechables y si se hubieran usado, seguro eran muy caros para una familia de clase media, tirando a baja como la mía).
Esa guagua, la de la foto, que en nada se parece a mí, nació en un momento nada parecido al momento que se tomó esa foto. Nació apresuradamente, sorprendiendo a sus hermanos que eran tres (dos mujeres y un hombre). Era la menor, el conchito, la hija nacida de un descuido al perder su madre a los 40 años, el anticonceptivo con el que ejercía su derecho a la maternidad voluntaria (dicen que era un disco, llamado Ramses, que la mujer debía aplicarse antes de tener relaciones, siempre he reflexionado sobre lo adelantada que estaba mi mamá).
Decía que la de la foto nació apresuradamente. En esa tarde la progenitora le dolía el estómago y su esposo le dio una agua de ruda para calmarla, pero eso le apuró el parto y esa niña nació en la misma casa y en la misma cama donde fue concebida (me perdonan, pero no creo que mis padres hayan sido tan ingeniosos como para buscar otro lugar donde concebirme, pero nunca uno sabe). Cuentan que todos mis hermanos estaban nerviosos y se asomaban a la habitación y que la mayor tomó la bicicleta y fue a llamar a la ambulancia cuadras abajo. Claro, la ambulancia no llegó a tiempo, vivíamos en el paradero 18 ½ de un cerro del puerto, la última casa “barro humano arriba”.
La comadrona que atendió a la progenitora era su vecina, la comadre, mi nina, mi madrina, en realidad mi hada madrina. Ese bebé que ella recibía tenía algo distinto a la foto antes mencionada, porque venía con el cordón umbilical enrollado al cuello, con claros síntomas de asfixia: rostro amoratado y sufriente. Claro, esas fotos no se sacan. Y sin embargo, me parece estar viéndola o viéndome. Una cara de guagua afligida. Muchas veces pensé que me habían contado eso, como me contaron que me habían encontrado en el tarro de la basura y yo iba a ver el tarro y no parecía un lugar agradable de donde pudiera salir un ser humano. Entonces sabía que era mentira, pero siempre guardaba la duda, porque me servía para jugar con la imaginación.
Como tantas cosas que nos cuentan los adultos son mentiras, pensé que lo del cordón umbilical estrangulándome también lo era. La niña en un mundo de adultos, comprende rápidamente que ese mundo tiene un juego perverso, pero motivador, perseguirlo para asustarlo, esperar la reacción y reírse. Reírse de la inocencia, pero perrita, decía papá - como le hace caso, ve que sólo están jugando-. Mis padres me decían perrita, mi papá agregaba a ese diminutivo “choca coludita”. Al parecer cuando gateaba chocaba con todo y era coluda desde chica. Los diminutivos me dieron un contexto social sin saberlo. Siempre pienso que me nombraban, yo meneaba la cola, orgullosa porque me prestaban atención y, por lo tanto, ratificaba que me querían (en la infancia, atención y cariño son lo mismo, quizás no sólo en la infancia).
Sigo sintiéndome así “una niña en un mundo de adultos”, claro el juego se ha complicado, pero todavía no me destruye, todavía me motiva para inventarme el día. Decía que pensé que lo del cordón era mentira, pero mi madrina años más tarde me lo corroboraría. Al parecer quería y no quería desprenderme de mi madre o ella de mí, pero nací a su pesar o el mío. Nací sana, pero llorona y rabiosa. Bueno, no era para menos, justo cuando uno más quiere vivir se interpone una soga.
En fin, heredé asfixia y ojos tristes de ese suceso, una infancia donde nada falta, pero nada sobra, siendo pobre sin síndrome de pobre, sin esa ansiedad de coleccionar objetos, símbolo de la estrechez durante la infancia. Quizás porque nos sentábamos a tomar té con los pies colgando en las alturas, desde la higuera, desde los techos mirando el mar: triángulo lejano entre los cerros, pero sin té de naranjas, de flores, mango o frutilla, menos con té de pétalos de rosa. Nuestro té era sólo eso: té club o supremo para compartir la bolsita.
La Nuez
Arado, andamio, en esta perra construcción que siempre nos espera y aunque logramos abrirnos paso y volar…..siempre cemento y tránsito: red en esta trama humilde ante un objeto humanizado que renace y en este arte de empezar primero, encontrarnos con el latido de la ausencia: la muerte y su vitalidad difusa, mientras las coronas congelan el calor vivo del cuerpo, nos asalta la pulsión del recuerdo, puedo mirar a ese muerto y entender, por fin, que le falta: la vida, esa vida que le sobra a la muerte, entonces....enhebro todas las palabras bonitas que he pedido y saboreando...esta inextinguible antropofágica vitalidad como una penumbra lenta que no duele, justo ahora que el genio del bosque llena la ciudad de cenizas, arrebatándonos los mejores momentos del año y no todos los días alcanzan la belleza; justo ahora, tengo una imagen fuerte: el mundo gusta de la armonía, por eso muchos a la confianza se sienten inclinados; sin embargo, desafiante, el mundo parece decirme: ¡Descíframe o te devoro!.
Salgo y leo en las noticias, abrieron los estadios por el frío, para que la gente se refugie, llegan más de 300 personas…mujeres…niños, ¡qué mal país!, con esta residencia ambulatoria, transeúntes....sumergidos en este patrimonio dudoso donde en la palabra pintoresco anida toda la miseria, en la mira de un turista que parece decirnos que no tiene necesidades, ante las cáscaras de palacios que esconden la miseria del cité del plan; cáscaras de casas antiguas en los cerros; aquí se vivió como francés, inglés o alemán, este puerto vivió como un otro, fue Otro, el arte miró a Europa o a Estados Unidos, la arquitectura no pudo más que vaciar su significado, su significancia, escondiendo lo insalubre: el hacinamiento, enormes construcciones desmembradas en innumerables piezas donde la privacidad se fue de vacaciones para muchos por mucho tiempo. La familia feliz se reúne los domingos, pero el resto del tiempo no sirve para nada, mantiene los secretos, no dialoga, cría tan mal a sus hijos y permite que nuestros profesionales se fuguen, buscando en una revista inmobiliaria de la capital, un departamento por 60 millones a 30 años, no sé de economía pero, ¿es eso una inversión?, sobre reacciono, me preguntan por qué no se puede: porque las grandes mayorías no tienen, no tienen (callo y me congelo).
No tienen tantas cosas, ¡Es inmoral!, vivimos sumergidos, sin análisis político, ni histórico, ni económico menos estético. Una dictadura dentro de otra, cada uno en su mundo sin puentes y las iglesias se protegen de los de afuera cuando su enemigo es interno, nunca han vivido el reino de dios, nos bautizamos, nos casamos…todito por las iglesias, iglesias que no creen en dios porque lo han vuelto teoría, se las llevará el diablo, por no estar realmente bautizadas. Matrimonio, familia, significantes vacíos, por los que hasta los homosexuales se pelean, la derecha chilena les permitirá sólo derechos civiles, pero jamás ese puto matrimonio: un trofeo –entre tantos otros- de los heterosexuales. Por qué no regulan la convivencia que vivimos muchos.
Y la universidad se preocupa de los chicos con talento y los que no lo tienen? No importa el necesario talento de existir, la universidad apuesta a los pocos mientras la arrogancia de sus estudiantes no sabe escuchar. ¡Pobres! tratan de ponerle tertulia cultural a sus congresos de filosofía y ese servil estudiante en clases, adiestrado por el intelectual higiénico se transforma con vino o cerveza en un libertario, un anarquista, como en la película de Billie August, universidad y estudiantes, “con las mejores intenciones”, fracasan.
¿Dónde está la nuez?.....
Salgo y leo en las noticias, abrieron los estadios por el frío, para que la gente se refugie, llegan más de 300 personas…mujeres…niños, ¡qué mal país!, con esta residencia ambulatoria, transeúntes....sumergidos en este patrimonio dudoso donde en la palabra pintoresco anida toda la miseria, en la mira de un turista que parece decirnos que no tiene necesidades, ante las cáscaras de palacios que esconden la miseria del cité del plan; cáscaras de casas antiguas en los cerros; aquí se vivió como francés, inglés o alemán, este puerto vivió como un otro, fue Otro, el arte miró a Europa o a Estados Unidos, la arquitectura no pudo más que vaciar su significado, su significancia, escondiendo lo insalubre: el hacinamiento, enormes construcciones desmembradas en innumerables piezas donde la privacidad se fue de vacaciones para muchos por mucho tiempo. La familia feliz se reúne los domingos, pero el resto del tiempo no sirve para nada, mantiene los secretos, no dialoga, cría tan mal a sus hijos y permite que nuestros profesionales se fuguen, buscando en una revista inmobiliaria de la capital, un departamento por 60 millones a 30 años, no sé de economía pero, ¿es eso una inversión?, sobre reacciono, me preguntan por qué no se puede: porque las grandes mayorías no tienen, no tienen (callo y me congelo).
No tienen tantas cosas, ¡Es inmoral!, vivimos sumergidos, sin análisis político, ni histórico, ni económico menos estético. Una dictadura dentro de otra, cada uno en su mundo sin puentes y las iglesias se protegen de los de afuera cuando su enemigo es interno, nunca han vivido el reino de dios, nos bautizamos, nos casamos…todito por las iglesias, iglesias que no creen en dios porque lo han vuelto teoría, se las llevará el diablo, por no estar realmente bautizadas. Matrimonio, familia, significantes vacíos, por los que hasta los homosexuales se pelean, la derecha chilena les permitirá sólo derechos civiles, pero jamás ese puto matrimonio: un trofeo –entre tantos otros- de los heterosexuales. Por qué no regulan la convivencia que vivimos muchos.
Y la universidad se preocupa de los chicos con talento y los que no lo tienen? No importa el necesario talento de existir, la universidad apuesta a los pocos mientras la arrogancia de sus estudiantes no sabe escuchar. ¡Pobres! tratan de ponerle tertulia cultural a sus congresos de filosofía y ese servil estudiante en clases, adiestrado por el intelectual higiénico se transforma con vino o cerveza en un libertario, un anarquista, como en la película de Billie August, universidad y estudiantes, “con las mejores intenciones”, fracasan.
¿Dónde está la nuez?.....